Entrevista en el programa de Radio SESION CONTÍNUA en LGN RADIO
Con Sonia Villaroel y Miguél Ángel Acero


Desde el minuto 5:32 al 28:48
23 11 2021
El precio el progreso y de nuestra comida

En Consuma Crudeza hablamos sobre “El precio del progreso”, documental de Víctor Luengo que explora las redes de la industria alimentaria en Europa desde las presiones políticas a las científicas como nos contará su director.

Brenda Chávez es periodista especializada en sostenibilidad y cultura, licenciada en periodismo y derecho, autora del libro de consumo sostenible Tu consumo puede cambiar el mundo y del recién publicado Al borde de un ataque de compras (Debate). Es miembro del colectivo femenino de periodistas de investigación sobre consumo Carro de Combate, colabora con El País y El Salto, entre otros medios.
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Beneficios empresariales contra la salud pública: así funciona el lobby agroalimentario
@lauralruiz
17 nov 2021 06:05

El documental ‘Price of Progress’ logra mostrar el lado más íntimo de los lobbistas en Bruselas. Monta y desmonta los argumentos de unos y otros para pedir el fin del veto a los transgénicos, a la vez que muestra la cara de hipocresía de la legislación europea en cuanto a tóxicos: mientras está prohibido producir con plaguicidas peligrosos, sí permite exportarlos y luego importar la producción de alimentos conseguidos con estos.

@lauralruiz
17 nov 2021 06:05
Este no es un documental más sobre los transgénicos, Monsanto o los lobbies de la alimentación. Esto es un relato sobre cómo los beneficios empresariales y la seguridad alimentaria chocan en la política legislativa a nivel europeo. Una muestra de cómo los alimentos son entendidos de manera muy diferente: como un derecho humano básico o de un producto para especular. Price of Progress permite entender cómo funciona el tira y afloja en el sector de la alimentación, acercándonos cómo nunca al discurso, el hacer y las prácticas de los lobbistas. El director, Víctor Luengo, consigue que los hombres y mujeres que trabajan para las todopoderosas empresas de alimentos y biotecnología se relajen delante de la cámara. “Para mi es uno de los gran valores que tiene este documental, tener a los lobistas así. Cómo se desnudan, acceder a sus despachos”, comenta para El Salto su director, que desgrana las claves de este proyecto personal iniciado en 2013.
Más de cinco años de grabaciones y postproducción que ahora se estrena en salas de varias ciudades españolas. “Me interesaba reflejar cómo las empresas votan y el impacto que tienen en la legislación europea”, comenta Luengo.
El aparente oasis en el que se ha convertido Europa con su veto a los GMO (organismos modificados genéticamente) y a numerosos agrotóxicos, puede ser un espejismo. Por un lado, la legislación europea prohíbe utilizar en los cultivos dentro del territorio ciertos tóxicos, pero no regula lo que se importa o exporta. Una ‘doble vara de medir’ que denuncian desde Ecologistas en Acción. “En concreto, la UE tiene la legislación más potente en plaguicidas. El problema surge que a la vez que prohíbe, no veta su fabricación y su venta a terceros países”, comenta Koldo Hernández, desde esa organización. “Es muy normal —continúa— que haya plaguicidas que se fabriquen en Europa, se vendan en Brasil y haya un retorno en la importación de alimentos. Y es legal. Plaguicidas viajeros que dan la vuelta al mundo”.
“Mientras sigamos tratando los alimentos como una mercancía global, tenemos un gran problema”, explica en el documental Pat Thomas, periodista inglesa y directora de la plataforma de denuncia Beyond GM
Una legislación que a primera vista protege al consumidor pero que contempla numerosas excepciones para levantar las restricciones. Precisamente un informe de Ecologistas en Acción enumera todas las veces que se han usado tóxicos prohibidos en España sin causa justificada. “Las normas químicas europeas están llenas de excepciones, como el artículo 53, que permite utilizar plaguicidas anualmente. Eso hace que en España se utilicen productos como el 1,3 Dicloropropeno, que han acabado siendo uno de los más vendidos”, explica Hernández.
Una legislación que busca la seguridad alimentaria en la teoría, pero que no perjudica los beneficios empresariales. ¿Todos ganamos? “Mientras sigamos tratando los alimentos como una mercancía global, tenemos un gran problema”, explica en el documental Pat Thomas, periodista inglesa y directora de la plataforma de denuncia Beyond GM. “Hemos pasado a que no se trata de alimentar a la gente”, explica Henk Hobbelink, cofundador de Grain y premio Nobel Alternativo en agroecología. “¿La comida es una necesidad o una transacción económica? Son ambas”, zanca en el documental la lobbista de la industria alimentaria y farmacéutica, Natalie Moll.
“Si la idea es que los productos debe tenerlos solo el mejor postor, estamos entendiendo la comida de una manera totalmente equivocada” continúa la activista que explica que todos los argumentos de la industria para justificar los GMO, como que producen más comida contra la hambruna o que los hacen más resistentes al cambio climático, son mentira. Solo es necesario mirar a otros países.
Cuatro empresas (Bayer, Corteva, ChemChina y Limagrain) controlan más del 70% de las semillas GMO mientras que el 75% de las variedades de cultivos del mundo desaparecieron entre 1900 y 2000
“En EE UU ni se ha reducido el uso de pesticidas, ni las cosechas producen más ni han hecho las plantas más sostenibles. Solo es un mercado de patentes”, insiste Thomas. Y los datos le dan la razón: cuatro empresas (Bayer, Corteva, ChemChina y Limagrain) controlan más del 70% de las semillas GMO mientras que el 75% de las variedades de cultivos del mundo desaparecieron entre 1900 y 2000, según la FAO. Si alguien hecha de menos a Monsanto en la lista del oligopolio transgénico es porque en 2017 Bayer compró la empresa pionera en modificación genética. Ocurrió justo después del escándalo conocido como ‘Los papeles de Monsanto’.
A raíz de un juicio en EEUU por los riesgos para la salud provocados por el herbicida RoundUp –nombre comercial del glifosato producido por Monsanto–, el juez del caso decidió desclasificar más la correspondencia interna de la empresa. En las más de 250 páginas se encontraron evidencias de que Monsanto tenía evidencia del potencial mutágeno del glifosato al menos desde 1999. También reveló las prácticas nada éticas o transparentes que la compañía empleaba para lograr la aprobación de las agencias de regulación y seguridad. Entre ellas, fabricar informes favorables que luego eran firmados aunque no redactados por científicos de prestigio a cambio de una suma importante de dinero.
Algo que en España nos suena, ya que en 2016 se desveló una práctica similar en la industria cárnica para contrarrestar el informe de la ONG que advertía del peligro cancerígeno de los productos cárnicos procesados. “Es un tema que nos hubiera gustado tratar también en Price of Progress”, explica el director del documental, que sí que pudo incluir el problema de financiación que muchas universidades y grupos de investigación sufren y que es aprovechado por los lobbies.
“Los eurodiputados españoles tienden a repetir el argumentario de las empresas agroalimentarias”, denuncia Nazaret Castro
Problemas de financiación como el que se encontró el propio Luengo, que explica que el rodaje fue en condiciones muy precarias. Pero lo lograron. Encontraron un financiador que les pedía una sola condición: lograr que algún lobbista hablara a cámara. Y lo logró, en numerosas ocasiones. “Eso fue lo que más me sorprendió —relata—, acceder a ellos. Conocí por casualidad en 2016 a Jean-Philippe Azoulay, que fue presidente de la ECPA, el lobby más importante de pesticidas. Aproveché la oportunidad y él me puso en contacto con Nathalie Moll, actual directora general de la Federación Europea de Industrias y Asociaciones Farmacéuticas (EFPIA) y Secretaria de Agricultura de EuropaBio y con Mella Frewen, directora general de Fooddrinkeurope”. De hecho, Price of Progress capta como Frewen se queja de que las normas para evitar conflictos de intereses son demasiados estrictos, lo que hace perder, en su opinión, valiosos científicos y expertos. Aunque ella misma negó tener contacto con las empresas del lobby, meses después de la grabación, la EFSA (la Agencia Europea por la Seguridad Alimentaria) la descartó para un cargo por conflicto de intereses.
El momento de falta de credibilidad que vive la EFSA también está recogido en el documental, que cuenta con las declaraciones de su director en este momento, Bernad Url, investigado por su implicación en ‘Los papeles de Monsanto’. Agencias como esta se encuentran en una encrucijada: por un lado deben autorizar los documentos realizando estudios y pruebas, pero su trabajo está limitado por la propiedad intelectual. Así, las empresas sólo ofrecen los datos que consideran y, en base a ellos, las agencias deciden. “El problema es que no tenemos información, en cuanto a seguridad o la sostenibilidad, derechos laborales que hay detrás de cada producto”, explica Nazaret Castro, del blog Carro de combate.
La periodista e investigadora sobre consumo tacha de “rotundamente escasos” los análisis que se hacen a muchos productos antes de darles luz verde para acabar en las estanterías de los supermercados. “No debemos depositar en el consumidor la responsabilidad de informarse, para eso están los Estados. El problema es que la clase política está muy alimentada con las empresas agroalimentarias, un problema especialmente grave en España. Los eurodiputados españoles tienden a repetir el argumentario de las empresas agroalimentarias”, denuncia. Una opinión que Koldo Hernández avala: “España es el país que menos productos analiza, sobre un 5%, mientras que la media se sitúa en el 15%”.
Precisamente el principio de precaución que se aplica en la UE —analizar antes de autorizar y no solo cuando haya sospechas de riesgo— es algo que atacan los lobbies y ponen en duda los activistas y ecologistas. “Los que lo defendemos decimos que no solo es peligroso lo que está avalado por la ciencia de que es peligroso, si no todo aquello que después nos enteramos que también lo era”, explica, a la vez que indica que la ‘trampa’ de este sistema está en medir por separado cada componente potencialmente peligroso y a corto plazo. “Al analizar por separado —detalla Hernández— deja un enorme vacío de cómo se comportan cuando se juntan. No sabemos cuales son las consecuencias de estar expuesto a lo largo de la vida y de manera conjunta”.
La conversación con los lobbies de Price of Progress deja palabras claves muy evidentes: beneficios, avance, tecnología y agricultura moderna. Innovaciones que pasan, curiosamente, por los GMO, plaguicidas, fertilizantes y demás. “Productos que llevan más de 40 años en el mercado”, explican desde Ecologistas en Acción. La permacultura, la diversidad de cultivos, rescatar las semillas locales adaptadas y dejar de depender del petróleo para sembrar son las nuevas-antiguas revoluciones para lograr más resiliencia y más productividad en los mercados. Como ilustra el documental Tomorrow que recorre el mundo en busca de soluciones sostenibles. “Debemos cambiar la visión: no ir hacia donde la tecnología permita, si no hacia donde realmente queremos y necesitamos”, explican.
Una visión compartida por Miguel Porta, epidemiólogo de la Universidad de Barcelona. “La tecnología no ha logrado que se produzcan toneladas de alimentos sin toneladas de pesticidas, de hecho, tenemos un problema gordo a nivel alimentación y de salud”, comenta Porta, uno de lo pioneros junto al también epidemiólogo Nicolás Olea, del estudio de los disruptores endocrinos. “Están en las telas deportivas, en el teflón de las sartenes, en la pintura del interior de latas, en los herbicidas como el glifosato, en todo”, explica Víctor Luengo, que alerta de que su análisis desmonta la toxicidad clásica, ya que actúa en unas personas diferente que en otras, alterando las hormonas, afectando más a cuanta menor edad se tiene. “Regular los disruptores endocrinos supondría regular todo el mercado de los plásticos —comenta. Habría que cambiar la industria europea por completo y estaría vetado comprar cualquier producto alimentario de fuera”. De hecho, de momento, solo se ha logrado limitar el comercio de tetinas de biberones con bisfenol-A.
Con estos datos limitarse a comer ‘bio’ parece una gota en el océano de cuidar la salud individual y pública. Entonces, ¿qué hacer? “Hacernos responsables a nivel individual es una de las mayores trampas de estos lobbies”, explica Koldo Hernández, que continúa: “Disminuye las responsabilidad de los Estados, que son los que deben ser garantes del derecho a la alimentación y a la salud. Además de que a nivel ético las respuestas individuales no son aceptables. ¿O acaso tenemos que dividir el mundo entre listos e ignorantes, entre privilegiados que se pueden permitir elegir productos y entre los que no pueden?”. La legislación a nivel europeo y global se muestran como una parada a corto plazo. Empezando por replantearse por qué se prioriza que gran parte de los cultivos no se dediquen al consumo humano —sean empleados en pienso animal, como combustible o para fabricar textiles— o por qué las decisiones sobre la agricultura se toman en países que no producen comida. Muchas dudas que surgen a la hora de valorar el precio del progreso. Archivado en: Transgénicos ‧ Capitalismo ‧ Globalización ‧ Salud ‧ Industria alimentaria
Entrevista para la revista FRONTERA D por Andrés Castaño

Entrevistamos al realizador Víctor Luengo, cuyo documental The Price of Progress aborda el lobby de la industria agroalimentaria y las políticas europeas al respecto. Esta semana se proyecta en cines, hoy lunes 22 de noviembre en Córdoba, mañana martes 23 en Cádiz y el jueves 25 en Sevilla y el martes 30 de noviembre en Madrid.
El precio del progreso es un documental que habla de los lobbies de la industria agroalimentaria desde una perspectiva europea. Apoyado en más de 40 entrevistas a expertos (científicos, periodistas, empresas, eurodiputados, etcétera), el precio del progreso tiene la virtud de mostrar todas las aristas de un tema espinoso como tan vital, logrando equilibrar argumentos y posiciones en aras de la objetividad. Engancha por su montaje, su fotografía y por el análisis exhaustivo de la cuestión.

Resulta además fundamental mostrar los entresijos de un tema que nos afecta de manera directa: a nuestra alimentación y al medio ambiente. Y coloca a este documental español realizado por Víctor Luengo, en un visionado de plena actualidad y obligada reflexión. El documental, empezó su recorrido por festivales en otoño de 2019, cosechando éxitos como la Espiga Verde de la Seminci o el premio al mejor documental de la FICMEC 2020 de Canarias. Pero también ha pasado por festivales de Estados Unidos (LA Festival of Cinema, Bushwick festival), México (Docs Mx), Reino Unido (Raindance Film Festival), Rusia, Croacia (Internation Fil Festival of Apox), Italia (Rome Independent Cinema Festival, Firenze Film Festival), Noruega (Arctic Film Festival) e India (All Living Things 2021). La pandemia retrasó su estreno en salas. El documental sigue teniendo plena actualidad. Ahora se estrena en Andalucía, hoy lunes 22 de noviembre en Cinesur El Tablero de Córdoba, mañana 23 en Cinesur Bahía de Cádiz, el jueves 25 en Cinesur Nervión Plaza de Sevilla y el 30 de noviembre en los cines Paz de Madrid, con presencia del director y de invitados diferentes en cada ciudad (Ana Lamarca de Justicia Alimentaria en Córdoba; Aurora Carmona Hidalgo de Justicia Alimentaria en Cádiz; Elisa Oteros de Ecologistas en Acción y José María Pérez Hidalgo de Justicia Alimentaria en Sevilla; y con Tom Cucharz e Isabel Hernández de Ecologistas en Acción en Madrid).
The Price of Progress es un documental que le costó cerca de 5 o 6 años de esfuerzo. Me gusta esa voluntad, fuerza y capacidad para que pese a todos los obstáculos consiga uno llegar a su objetivo ¿En el audiovisual siempre está ese punto de querer tirar la toalla?
Por supuesto. Contestarte a esta pregunta me llevaría mucho. Resumiendo te diría que sí: totalmente. Una película es una carrera de fondo que te hace pasar por muchísimos altibajos… A nivel personal, me embarqué en el proyecto sin haber hecho nada antes, ni siquiera un cortometraje, pero con muchas ganas acumuladas con anterioridad. Por otro lado se sumó además que en este país las ayudas al cine son exiguas en comparación con los países de alrededor, y más aún si nos ceñimos al documental. El resultado fue que después de invertir los tres primeros años fortaleciendo la idea y presentándome a muchas convocatorias privadas y públicas, finalmente decidí grabarlo prácticamente con mis propios medios y la ayuda imprescindible de Virginia Díaz que estuvo hasta el final, de Tristan Rosa y Pablo Asset en un primer embrión, y de Pablo de la Chica que me apoyó y me aconsejó desde el principio. Luego todo vino rodado y la grabación fue mucho más fluida de lo que me había imaginado. Así, el 90% de la película lo grabamos en unos 5 meses repartidos entre el 2017 y 2018.

¿Qué le hizo seguir?
Un poco de todo, cabezonería personal, apoyo amigo y sobre todo una idea que literalmente se fue colándose en mis pensamientos: la responsabilidad que adquiría con cada entrevista. Era como si cada entrevistado me dijera algo así como: “Escucha, te doy mi tiempo y mi confianza para que acabes la película, ¿de acuerdo?”. Y yo no tuve más elección que tirar para adelante.
¿Cuál fue el detonante del proyecto?
Más allá de las ganas de involucrarme en un gran proyecto como reto personal fueron los grupos de consumo en Madrid. La idea original era grabar al sur de la capital los pequeños productores agroecológicos que estaban surgiendo. Ahí comencé a estudiar los conflictos agro-sociales y medioambientales. Fue como abrir un gran melón donde el fondo estaba un tema que me apasiona desde hace mucho: el poder. Cómo se ejerce, cómo manipula incluso a los que lo detentan, y cómo siempre su mayor fortaleza es su propio discurso. Y es que en el fondo, creo que El precio del progreso es un documental sobre el ‘Poder’ en mayúsculas.
¿Cuáles han sido las mayores dificultades para desarrollar el proyecto?
El mayor coste de la película fue el tiempo. prácticamente en dos años no tuve fines de semana ni más vida social que la que me daba el mismo trabajo al equilibrar encargos alimentarios paralelos al proyecto de la película. Sólo la edición fueron unas 20 semanas a tiempo completo, pero ahora visto en retrospectiva, fue todo un viaje de viajes. Una experiencia que recomiendo.
Me consta de su interés por el medio ambiente, por la salud, por la alimentación. De su conciencia con el mundo que nos rodea. Sin embargo, consigue un equilibrio para que el documental quiera ser abierto, plural y objetivo.
¿No quería posicionarse de una manera más directa?
La ‘neutralidad’ de la película puesta así, entre comillas, está muy buscada. Creo que si la película hubiera estado más claramente posicionada el recorrido habría sido mucho menor. Mi objetivo más que denunciar, ha sido el de provocar o a veces hasta enojar a la audiencia. Creo que es más efectivo que simplemente dar la información para convencer a los que ya están convencidos de algo.
Me sorprende que los lobbies de la industria agroalimentaria no hayan pedido cierto control ¿No quisieron ejercer ningún control en tu documental? ¿No marcaron ninguna línea roja?
Cuando pensamos en un lobby nos suele venir la imagen de alguien astuto e inaccesible, cuando en realidad son gente adiestrada para ser encantadoramente abiertos y solícitos para contarte su versión del mundo. Después de contactar con ellos, una vez que vieron que el documental iba en serio, se apuntaron.
El todo gana en este largo documental. El ritmo. Las imágenes y la historia encajan. Casi como si fuese una alimentación saludable que fluye en nuestro cuerpo ¿Hay algo de ese símil?
Bueno, siguiendo la metáfora, igual que digerimos la comida digerimos historias. Y sí, durante esos 5 meses de edición nuestro propósito fue cocer a fuego lento las más de 40 entrevistas que hicimos para que pudieran digerirse bien. Pero a diferencia de la comida saludable, nosotros si queríamos que la audiencia no se durmiera del todo bien después de ver la película.
The Price of Progress muestra todo el entramado político y científico que hay en Europa entorno a la industria agroalimentaria.
¿Cree que Europa funciona eficazmente defendiendo la salud de los europeos?
No, claro que no. Tanto la salud como el medioambiente hoy son un Titanic que va haciendo agua por todos los flancos. Lo vemos con el calentamiento climático, la pérdida de biodiversidad o el abuso extractivo, lo vemos también con la cantidad de enfermedades nuevas y degenerativas que van apareciendo. Las instituciones europeas están demasiado condicionadas y limitadas por la lógica cortoplacista de los lobbies corporativos que son los que realmente deciden casi todo. Seguro que no tanto como en otras regiones del planeta como Asia, Estados Unidos, Australia o Sudamérica, pero por desgracia mucho más de lo que la publicidad institucional nos cuenta.
El precedente de todo el debate está en los transgénicos fertilizantes, los químicos anti plagas,… Y claro está la necesidad de producir más.
¿Cuáles han sido los precedentes, o las estructuras básicas, para construir una industria agroalimentaria tan potente?
Hasta donde sé, el precedente claro fue la mal llamada revolución verde entre los años 50 y extendida en la década siguiente. Se unieron la necesidad de generar alimento rápido y barato en un mundo cada vez más poblado tras la segunda guerra mundial, unido a la globalización de los mercados que por aquel entonces debió descubrir que podría convertir la agricultura y ganadería en un gigantesco nicho de mercado a explotar. Una oportunidad única que fue financiada por las fundaciones Ford y Rockefeller. Con esto ya estaría dicho casi todo. Era el modelo perfecto para transformar un modelo históricamente descentralizado en el monopolio industrial fordista y mecanizado que es ahora. Una proeza y un gran engaño desde un punto de vista militar cuya factura la estamos empezando a pagar ahora en moneda medioambiental, social y de salud. Sin ir más lejos, estos días estoy grabando unos reportajes en el valle del Guadalquivir y un ingeniero agrónomo me contaba como toda la vega del río, a su paso entre Sevilla y Córdoba, era un vergel húmedo y fuente centenaria de vida hasta hace sólo unas décadas. Hoy es un desierto agrario yermo, y dependiente cada año de toneladas de fertilizantes para los cultivos cuyos componentes empiezan a escasear en los mercados.
¿Falta transparencia en la UE en este tipo de asuntos, verdad?
Las cosas de palacio nunca son transparentes. El principal problema hasta donde veo, con humildad, es que no hay presión social. Los debates políticos contemporáneos por ejemplo se enfocan en su mayoría en temas culturales como los de identidades, nacionalismos o de género. Sólo una minoría muy pequeña está pendiente de cómo funciona la gestión de los recursos, de las dinámicas logísticas, el uso del patrimonio público, la regulación de la salud de la población. Por eso no se exige transparencia en los debates políticos, y las empresas y el sistema en general actúa en consecuencia. Un ejemplo perfecto lo tenemos con el glifosato, ese principio activo del herbicida más usado en el mundo. Parece que le quedan pocos años de vigencia antes de prohibirse tras décadas de protestas y avisos por sus efectos cancerígenos de esa minoría. Sin embargo pocos saben que se ha usado desde los años 70 y está por todas partes: desde los setos y jardines públicos, en las carreteras, caminos rurales y por supuesto en una gran parte de los campos de agricultura convencional. ¿Por qué no se prohibió antes? Seguramente porque no se ha protestado lo suficiente. No es un tema tan sexy o mediático para los debates políticos como los culturales.
¿El mercado, el capital y las megacorporaciones tienen gran influencia en los grupos de poder político?
Yo hubiera dicho la pregunta al revés: ¿los grupos de poder político, tienen ‘alguna’ influencia sobre el mercado, el capital y las megacorporaciones? siendo optimistas diría, que alguna tienen pero no mucha, y cada vez menos. La COP 26, sobre el calentamiento climático, celebrada en Glasgow es un claro ejemplo de ello. No hay apenas control real sobre los mercados.
¿Qué tiene para usted de atractivo el género documental?
Son un arma de comunicación muy poderoso. Personalmente me gustan los documentales con un trasfondo periodístico. Quiero que me cuenten cosas, pero además que me las cuenten bien en términos cinematográficos. Aunque disfruto los de corte más poético, contemplativos o literarios si son de factura impecable, me emocionan los que logran combinar cine y documento.
¿Qué documentales recomendaría como imprescindibles?
Hay muchos y para todos los gustos. Puedo mencionar los que me vienen ahora a la cabeza y recuerdo con gran emoción: La pesadilla de Darwin de Hubert Sauper, Confesiones de un banquero de Marc Bauder, Freightened de Denis Delestrac, y más recientemente El año del descubrimiento de Luis López Carrasco.

Andrés Castaño es un observador. Alguien inquieto y curioso, que se plantea muchas preguntas e investiga buscando respuestas. Periodista cultural hecho a sí mismo a través de publicaciones como El Duende de Madrid, Go Mag, Europa Press Baleares o el diario Última Hora Mallorca. Colaboró también en el diario Público, en ABC Cultural y en la sección de Cultura de ABC, notodo.com, entre otros muchos medios. Licenciado en Psicología y Máster en Periodismo por la UCM. También es dj, promotor y gestor cultural ocasional. Ahora comienza a transitar por el mundo audiovisual.






